En los últimos días San Francisco de Macorís ha registrado hechos trágicos y violentos que estremecen la conciencia colectiva y nos obligan a detenernos a pensar. No son simples titulares pasajeros: son señales claras de una sociedad que parece estar perdiendo el respeto por la vida de su prójimo.
Una hermana que le arrebata la vida a su hermanita menor. Un joven que agrede brutalmente a la mujer que le dio la vida. Un vecino que termina ultimando al dueño de una funeraria en medio de un conflicto. Historias distintas, protagonistas diferentes, pero un mismo hilo conductor: la violencia como respuesta, la intolerancia como norma, la vida humana reducida a nada.
Estos casos no solo duelen por lo ocurrido, sino por lo que revelan. ¿En qué momento dejamos de ver al otro como un ser humano? ¿Cuándo la ira, el rencor y la falta de control emocional pasaron a imponerse sobre el diálogo, la empatía y el respeto?
El amor al prójimo, ese valor que aprendimos en casa, en la escuela y en la comunidad, parece estar diluyéndose. Hoy se reacciona primero con golpes, con insultos, con armas, y se piensa después, si es que se piensa en las consecuencias.
Preocupa, además, que la violencia ya no sorprende; se comenta, se comparte y se olvida, como si fuera parte normal de la cotidianidad.
¿Que nos está pasando? será que estamos criando generaciones con poca tolerancia a la frustración, con escasos límites y con una peligrosa normalización del odio. A esto se suman el deterioro de los valores familiares, la falta de acompañamiento emocional, el estrés social y una cultura que muchas veces glorifica la fuerza por encima del entendimiento.
Como sociedad, no podemos seguir mirando hacia otro lado. Cada hecho violento es un espejo que nos devuelve una imagen que no queremos aceptar. Por ello ES NECESARIO Y URGENTE reforzar la educación en valores, el respeto a la vida, la salud mental y el diálogo como herramientas para resolver conflictos. Urge volver a mirarnos como comunidad, a cuidarnos, a entender que la vida del otro vale tanto como la nuestra.
Si no hacemos una pausa para reflexionar y actuar, la violencia y la intolerancia seguirán convirtiéndose en costumbre. Y cuando la violencia se vuelve costumbre, todos, sin excepción, estamos en peligro.









