La miniserie española “Esa Noche” disponible en Netflix ha abierto un debate entre muchos espectadores dominicanos por la forma en que presenta a la República Dominicana. Aunque se trata de una obra de ficción, la narrativa ha sido criticada por proyectar una imagen extremadamente negativa del país ante una audiencia global.
En la serie, que fue grabada en punta cana y otras localidades de la provincia La Altagracia, la República Dominicana aparece retratada como un lugar dominado por la corrupción, la impunidad y el desorden institucional. Los cuerpos policiales son mostrados como corruptos o ineficientes, lo que alimenta la idea de un país sin ley. Este tipo de representación, aunque pueda servir al dramatismo de la historia, termina simplificando una realidad social mucho más compleja.
Uno de los elementos que más molestia ha provocado entre los dominicanos es la forma en que la producción llega incluso a referirse al país como “el culo del mundo”. Esa expresión, cargada de desprecio, no solo resulta ofensiva, sino que refuerza una mirada colonial y despectiva hacia una nación que tiene historia, cultura, desarrollo y dignidad.
La serie también insinúa que hombres dominicanos se aprovechan de turistas extranjeras, una narrativa que reproduce estereotipos que durante años han circulado sobre el Caribe. Estas representaciones generalizan comportamientos individuales y terminan colocando a todo un pueblo bajo una sombra de sospecha.
Y sí, nuestro país tiene problemas y realidades sociales que no se pueden negar. Pero una cosa es reconocer esas dificultades y otra muy distinta es generalizar y presentar a toda una nación bajo un mismo estereotipo. La República Dominicana es mucho más que eso.
El problema no es que una producción explore conflictos sociales. Toda sociedad enfrenta retos, y el arte tiene la libertad de abordarlos. Sin embargo, cuando la historia se construye únicamente desde la pobreza, el caos y la corrupción, se termina creando una caricatura de país más que un retrato real.
RD es mucho más que los problemas que cualquier nación enfrenta. Es un país de gente trabajadora, de riqueza cultural, de creatividad y de una identidad que ha sabido abrirse paso en el mundo. Reducirlo a una narrativa que lo presenta como “el culo del mundo” no solo es injusto, sino también irresponsable en un contexto donde millones de personas formarán su percepción del país a través de una pantalla.
Las plataformas globales como Netflix tienen un enorme alcance y una influencia real en la construcción de imaginarios sobre los países. Por eso, cuando se cuenta una historia ambientada en una nación específica, también existe una responsabilidad implícita: la de no convertir la ficción en una herramienta que perpetúe prejuicios.
Porque detrás de cada escenario que aparece en la pantalla existe un país real, con millones de ciudadanos que no se reconocen en ese retrato. Y esa también es una historia que merece ser contada.









