Por Ydalmis Arias: República Dominicana está viviendo una crisis silenciosa que cada día deja más dolor, más niños huérfanos y más familias destruidas. Las mujeres siguen siendo asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, muchas veces después de haber pedido ayuda, denunciado amenazas o advertido que temían por sus vidas. Y aun así, las están matando.
Lo más alarmante es que la violencia machista parece estar normalizándose. Cada semana surge un nuevo caso mientras las oportunidades de prevenir estas tragedias se vuelven cada vez más limitadas por la indiferencia, el silencio y la falta de acción a tiempo.
Uno de los casos más recientes ocurrió en Alma Rosa I, en Santo Domingo Este. Esmeralda Moronta de los Santos, de 36 años, fue asesinada por su expareja horas después de acudir a la Unidad de Violencia de Género de Los Mina para denunciar acoso, amenazas y rastreo mediante GPS. La mujer había pedido protección porque temía por su vida. Sin embargo, al salir de la fiscalía fue perseguida hasta un colmado, donde el agresor le quitó la vida antes de suicidarse. Lo más impactante es que el crimen ocurrió muy cerca de la misma unidad donde ella buscó auxilio.
En el Cibao, otro caso que llenó de luto a la provincia Hermanas Mirabal fue el ocurrido en Ojo de Agua, Salcedo, donde una mujer perdió la vida a manos de su pareja. La comunidad quedó consternada al ver cómo otra familia terminaba destruida por la violencia.
La provincia Duarte tampoco escapa de esta realidad. En San Francisco de Macorís y otras localidades cercanas, familiares de víctimas han denunciado que muchas mujeres vivían bajo amenazas constantes, persecución y agresiones psicológicas antes de ser asesinadas. En numerosos casos, vecinos aseguran que “eso se veía venir”, lo que demuestra que las señales estaban ahí, pero nadie actuó a tiempo.
La gran pregunta es: ¿qué más tiene que pasar para que esto sea tratado como una verdadera emergencia nacional?
No basta con lamentarse en redes sociales cada vez que ocurre un feminicidio. Tampoco basta con publicar mensajes de solidaridad después de una tragedia. Se necesita acción inmediata. Más protección real para las víctimas, respuestas rápidas de las autoridades, educación emocional desde las escuelas y una sociedad que deje de justificar los celos enfermizos, el control y la violencia disfrazada de amor.
Porque el problema no es solo de la justicia. También es de una cultura que todavía les dice a muchas mujeres “aguanta”, “piensa en tus hijos” o “eso se resolverá”. Mientras tanto, muchas viven aterrorizadas dentro de sus propias casas.
Cada feminicidio representa un fracaso colectivo. Cada mujer asesinada es una voz que fue ignorada. Y mientras seguimos viendo estas tragedias como simples noticias pasajeras, otra dominicana podría estar pidiendo ayuda en este mismo momento.
República Dominicana tiene que despertar. Porque las mujeres no deberían sentir miedo de la persona que dice amarlas. Y porque ya son demasiadas las que no lograron sobrevivir para contarlo.







