
Muchas cosas marcan nuestras vidas, ya sea de manera espiritual, emocional y física. En mi caso, estas lineas estarán dedicadas a cómo una herida marcó mi adolescencia y condicionó mi forma de vestir para evitar los discursos prejuiciados de decenas de personas indiscretas que no disumularon su falta de empatía y respeto por los demás.
Todo inició justo cuando había cumplido 17 años de edad, era una mañana hermosa, un sol resplandeciente, acompañado de la brisa del campo que provocaba la caída de cientos de hojas de una mata de mango que arropaba todo el patio de mi casa.
Era un sábado, día en el que me tocaba cumplir mi cuota de oficios en el hogar ya que no tenía que ir al liceo. Me levanté con tanta energía y agarré una escoba para barrer todas las hojas que acolchaban casi una tarea de tierra del patio de mi abuela.
Había barrido todo el patio y el cùmulo de hojas parecía una montaña pintada de marrón y amarillo, cuando creo que había terminado me doy cuenta que el callejón clausurado por mi abuelo estaba repleto de más hojas y basura que venía de la calle.
Empiezo a barrer en la zona y noto que la puerta clausurada por mi abuelo podía moverse, la muevo con la intención de barrer en el otro lado y fue allí cuando me cayó encima un “caño de agua”. Este caño era una hoja de zinc, gruesa y oxidada que tenía muchísimos años en el techo de la casa y que era soportado por la puerta clausurada que me atreví a mover.
Pese a estar deteriorado, este caño no había perdido su filo y rápidamente cortó mi brazo izquierdo donde recibí una sutura de 14 puntos. Este fue un acontecimiento que provocó un avispero en mi familia, mi abuela se desmayó y yo quise entrar en pánico, pero recordé que estar tranquila era la mejor opción, así que, con mi brazo ensangrentado fui a mi habitación y busqué una toalla para taparlo y hacerle presión.
Como era sábado, solo estaban en mi casa mis abuelos y una tía, y con esta última me fui a la clínica para que atendieran mi herida. Como en casa no estaban los que tenían vehículo, mi tia y yo, en medio de la desesperación nos montamos en una guagua del transporte público, y ya ustedes podrán imaginarse todo lo que duramos para llegar al centro de salud, el chofer montando y dejando pasajeros, mientras mi toalla se llenaba de sangre.
Al llegar al área de emergencia de la clínica, nos paramos frente a la médico de turno para que me atendiera y esta me dijo que esperara. Casi al desmayarme porque habían pasado 20 minutos me quito la toalla para que vean la herida y ahí se arma el corre, corre, dada la magnitud de la abertura que provocó aquella hoja de zinc que dejé desplomada en el callejón de mi casa.
Me suturaron, 14 puntos dolorosos, que fueron cicatrizando con el paso de los días y se convirtieron en una fea cicatriz parecida a un ciempiés. Desde ahí eliminé el uso de blusas mangas cortas o de tiro. Todo lo que me ponía debía tapar aquella cicatriz que me avergonzaba y que había suprimido mis deseos de vestir ropas joviales y frescas.
Pese a mis esfuerzos por desaparecer mi cicatriz, no logré nada, y en un intento desesperado por quitarla de mi brazo me sometí a una cirujía cuyos resultados no surtieron efecto.
Un día me puse una blusa de tiro y alguien me interrogó tanto sobre la cicatriz que no duré ni 15 minutos con el atuendo que tenía y fui a taparla. Sus miradas y preguntas aumentaron mi ansiedad y la vergüenza que me producía esta marca.
Cada vez que intentaba despojarme de aquella vergüenza sin sentido, las miradas de las personas, conocidas y extrañas, condicionaban mi forma de vestir, sus preguntas que si fue un machetazo, que con quién había peleado, que quién me había cortado, me abrumaban.
Muchos años pasaron y no mostraba mi cicatriz. Hasta que 18 años después, ver una chica hermosa sin su brazo izquierdo me hizo hacer la siguiente reflexión en silencio mientras la miraba de forma disimulada.
“A ella le falta el brazo izquierdo, de seguro ella querría tener mi brazo aunque tuviera una cicatriz, que hermosa y feliz se ve a pesar de su situación; entonces me dije, tú que tienes tus brazos, te avergüenzas de una pequeña cicatriz, te limitas, es hora de que la muestres sin miedo”.
Desde ese entonces me atreví a enseñar mi brazo, a exhibir mi cicatriz de 14 puntos que se ha ido desvaneciendo un poco con los años. Rompí con ese complejo de tanto tiempo y ahora disfruto la seguridad que tengo y me visto jovial y fresca cuando la ocasión lo amerita. Ya no me da miedo, no me importan los prejuicios del otro, porque decidí ser yo, decidí vivir con mis marcas físicas que me evocan etapas hermosas y gratificantes de mi joven vida. Decidí eliminar las inseguridades y marcas emocionales.
La vida es bella, pero es tan corta, es un respiro, no dejemos que actitudes triviales y los prejuicios de otros condicionen nuestras vidas. No podemos dejar de ser para que otros sean. Debemos fomentar el respeto, la empatía y la seguridad de amarnos tal cual somos.







Hermosa historia 🙏👏👏👏👏 muchas felicidades que papá Dios les permita continuar con esa hermosa actitud 😀y sentimientos y valores que tienen ambos. Son personas joven y con una trayectoria ejemplar para nuestras sociedad. Muchas bendiciones en abundancia 🙏
Muchísimas gracias Yaneti. Bendiciones para ti también.
Qué hermoso texto, pese a la tristeza que evoca!
Me encanto leerte, eres tremenda narradora. Felicidades!!
Muchísimas gracias Rosalina. Un honor para nosotros tu lectura.
Beautiful! Gracias por compartir 🙂
Gracias a usted por la lectura.
Hermosa reflexión y excelente actitud. Es maravilloso sentirse en libertad, ser un ente sin prejuicios.
Así es, estimada Mari