San Francisco de Macorís, R.D. – El mes de mayo dejó una amarga y dolorosa estela de luto en la provincia Duarte, especialmente en su municipio cabecera, donde la violencia se desató con una frecuencia alarmante. Lo que inició como una sucesión de hechos aislados, terminó marcando el calendario con sangre, evidenciando una crisis social, emocional y comunitaria que requiere atención urgente. Y apenas iniciando junio, ya se ha cobrado otra vida.
Todo comenzó el 6 de mayo, cuando en el sector San Martín, una menor de edad, en medio de una discusión acalorada, hirió mortalmente con un arma blanca a su padrastro, Nelfy Antonio Caba Burgos, de 31 años. El hecho, protagonizado por una adolescente, estremeció a la sociedad por la crudeza de lo ocurrido y por la edad de la agresora.
Cinco días después, el 11 de mayo, se produjo otro crimen que dejó en luto a otra familia. El agente de seguridad Nelson Hidalgo Taveras fue ultimado a tiros tras una discusión en César Car Wash, en la avenida Libertad. Un altercado aparentemente verbal se convirtió en una tragedia en cuestión de segundos.
El 15 de mayo, nuevamente en San Martín, la violencia volvió a tocar la puerta. Miguel Alexander Bernard, alias “Bitonga”, cayó abatido en un intercambio de disparos cuando presuntamente intentaba asesinar a un rival conocido como “Kiko PL”. El intento se volvió contra él, dejando otra muerte en las calles.
Apenas cuatro días más tarde, el 19 de mayo, la tragedia irrumpió por partida doble. En el sector Grullón, Ángel López, de 60 años, fue asesinado a tiros por reclamar a un hombre cuyo perro había atacado a su pareja. Ese mismo día, la comunidad jurídica se vio sacudida por la noticia del suicidio del juez Jeremías Paulino, de la corte laboral del distrito judicial Duarte. Su muerte, aún sin explicaciones claras, generó consternación entre colegas y ciudadanos.
El 23 de mayo, el joven Brayan Alberto Villar Ángeles, de 21 años, murió de una puñalada en el sector Cristo Rey. El presunto homicida, José Manuel de la Cruz Then, habría sido expareja de la novia de Brayan, lo que lleva a suponer un crimen de índole pasional.
El 27 de mayo, otro hecho desgarrador ocurrió en la comunidad Cuaba Abajo, del municipio de Pimentel. Luis Javier Fernández, conocido como “Chichí”, de 24 años, murió apuñalado tras una discusión por 500 pesos. Según sus parientes, había salido de su casa con la intención de comprar una batería para su celular; y esta acción provocó su deceso.
Mayo cerró con otra tragedia el 31 de mayo, cuando Anderson Ortiz Ávalo, conocido como “Kike”, fue apuñalado mortalmente por su pareja en el sector El Capacito. La comunidad quedó en shock, pues la pareja era considerada tranquila y sin conflictos visibles. El hecho dejó a tres niños huérfanos.
Pero la violencia no se detuvo con el cambio de mes. Apenas dos días después, el 2 de junio, Juan Alberto Tejada, alias “Bimba”, fue asesinado a tiros en el sector San Martín. El autor del hecho, identificado por la madre de la víctima como “Pinki”, habría esperado que Bimba saliera hacia su trabajo para emboscarlo, motivado por supuestas viejas rencillas.
Cada uno de estos casos no es solo una estadística, sino un testimonio de dolor, impotencia y clamor. Detrás de cada nombre hubo sueños, familias, y proyectos que no pudieron continuar.
San Francisco de Macorís necesita detener esta ola de violencia. Necesita políticas públicas con enfoque preventivo, espacios comunitarios de mediación y campañas de orientación sobre el manejo emocional. Urge una cultura donde los conflictos se resuelvan con palabras y no con armas, donde la vida sea sagrada, y la paz, una meta común.
Que mayo nos duela, pero que también nos despierte. Porque si no aprendemos del dolor, el ciclo seguirá repitiéndose… y el calendario seguirá manchándose de sangre.







